Vivimos en una época de saturación digital. Disparamos cientos de fotografías a la semana con nuestros smartphones, imágenes perfectas que, paradójicamente, acaban olvidadas en la nube o perdidas en galerías infinitas. Frente a esta fugacidad, el papel fotográfico ha recuperado su inmenso valor: la magia de capturar un instante único, irrepetible y tangible que puedes sostener entre tus manos o colgar en la pared. Como ocurre con los vinilos, la fotografía analógica ha vuelto (si alguna vez llegó a irse del todo) para quedarse.